
Hace una semana me pasó eso que a todos nos ha pasado alguna vez y que te hace sentir como estúpido. Sí, perdí mi celular.
Venía de un cantabar en Polanco y el del taxi me cobró de más. Al meter mi mano a la bolsa para sacar más dinero, dejé mi cel en el asiento y al bajarme se me olvidó.
Sí, todo mal. Desde hace una semana ando indeciso si ya meterme a un plan, si sacar mi tan anhelado iphone, o de plano comprar otro amigo y meterle tiempo aire.
Entre si son peras o son manzanas, desempolvé un celular que tengo de años guardado en el closet, ya la pila está inflada y todo, pero prende. Lo único malo es que está bloquedado y no lo puedo usar.
Para no hacer el cuento más largo, hoy fui al un centro de servicio de Telcel que está en la esquina de mi casa para revisarlo, me atendió en la ventanilla de Sony Ericsson un tipo muy amable que se veía estaba bien ‘coachado’ por Telcel, el pedo es que mi scanner detectó algo bizarrísimo en él, sus uñas.
Tenía uñas largas, no una para tocar la guitarra, todas las uñas largas como de mujer perfectamente limadas. A partir de ese momento me perdió, no podía evitar verle las uñas, de todo lo que me decía muy amable y tecnológico, mi mirada estaba en las manos que escribían en la LAP con uñas afiladas. ¿Será trasvesti?, ¿se hará la manita extraña?, ¿será el sucesor de Paco de Lucía? Cualquier tipo de cuestionamientos pasaron por mi cabeza hasta que recordé uno de mis anuncios favoritos que les dejo a continuación con una conclusión: Es mejor no dar una impresión a dejar una mala impresión.

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